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personas mayores

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Estoy sentado en un café. Enfrente tengo unos chicos de 16 años comiendo helado. Primero ella y luego él, despiezan el trozo de hielo mientras se ríen y posiblemente se toquen por debajo de la mesa pero eso ya no puedo verlo. Apenas prestan atención a lo que pasa alrededor. El local no está muy lleno, hay tres o cuatro personas más. La chica tiene un piercing en la nariz y se acaba de manchar de chocolate y él la mima mucho.

De pronto aparece la amiga de J y se sienta justo enfrente de mí. Ahora ya no puedo ver a los chicos que se meten mano y en cambio me cuesta enfocar a esta tía así de pronto. Está haciendo mucho ruido con las bolsas que trae colgando del brazo que apenas consigue colocar por debajo de la mesa. Intenta deshacerse de ellas pero como solo utiliza una mano porque con la otra desata el fular de su cuello, se le quedan enganchadas todo el rato y no es capaz de sacarlas de su muñeca. Mientras hace todo eso restriega su culo contra la banqueta para acomodarse. Huele a perfume y entonces me fijo en su pelo largo, enorme, rizado, un pelo que parece una mascota y que sin duda llama mucho la atención. La miro atónito. Me dice que está muy incómoda con la enorme pierna ortopédica que le han puesto. Se saca un chicle de la boca y lo pega dentro de un trozo de servilleta. Le pregunto si no había nada más moderno que esa prótesis y en vez de responderme me pregunta que tiene de malo esa. Le digo que nada. Y agarro la taza de café pero el dedo apenas me entra en el asa y tengo que agarrarlo temblando como si fuera un tallo de flor y la taza baila camino de mi paladar.

Me dice que tiene cosas que hacer. Mucho trabajo. Acaban de empezar una obra nueva, algo de Strindberg. Algo inédito. Ella hace el papel de hija. Se quita un fular. Se quita la chaqueta. Se quita otra y debajo aparece otra más. Se la quita también y debajo aparece una jersey verde. También se lo quita. Entonces pasa la camarera gordita de rizos a nuestro lado y la detiene de un grito y le dice que le gustaría comer algo. La camarera ha derrapado delante de nosotros. Nos mira con gesto burlón mientras la tía sostiene la carta en la mano y le pregunta por todos los platos que no tienen fotografías. No la mira cuando pregunta y me avergüenza. La camarera tiene la cara enorme y rosada. Su pelo es fascinante, lleno de increíbles rizos platino. Entonces pienso en los dos pelos que tengo delante, dos pelos con enorme personalidad. Dos pelos que ya no son mascotas sino que están a punto de encararse en una pelea de mascarillas y cuidados intensivos. La tía sigue preguntando y la camarera sigue con su breve descripción de cada plato pero se empieza a cansar del juego. Yo la miro y ella me mira a mí mientras J, no para de preguntar. Le lanzo una sonrisa cómplice esperando que entienda que no tengo nada que ver en todo aquello. Me siento imbécil. No sabe que nos conocimos hace un día por medio de una amiga. No sabe que en realidad yo ya me iba y que desde luego no habíamos quedado. Miro al café porque no puedo mirar más abajo.

Por fin pide todo lo que quiere y la camarera lo anota todo en su libreta y se marcha entre las mesas. Apuro mi bebida y le dijo que me tengo que marchar. Así de repente. Ella se levanta de pronto sin creer lo que le digo pero pierde el equilibrio por la pierna ortopédica y se tambalea en el aire unos instantes, los justos para agarrarme del jersey y evitar caerse. Echo un rápido vistazo a sus nudillos huesudos retorcidos entre mi jersey. Miro a los chicos comiendo helado. Los dos se ríen. El local entero se ríe. Con el movimiento descontrolado la tía ha tirado el azucarero de cristal al suelo y ha estallado en mil pedazos desparramando el azucar. El chico y yo nos miramos unos instantes en silencio y rápidamente aparta la mirada y me siento fatal porque me gustaría sentarme con ellos y echarme las mismas risas descuidadas mientras acabo el helado pero estoy inmóvil mirándole con cara de viejo, avergonzado. La oigo disculparse con la camarera mientras me deslizo en silencio hacia la puerta escuchando las risas de los chicos y haciéndolas mías.