ya-te-dije-cariño-que-esta-noche-no (y la semana que viene tampoco).
Marzo 2012
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Febrero 2012
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El tipo está parado en mitad de la calle con pose burlona y gesticula mientras se peina los dos pelos que le quedan; luego gira una vez sobre sí mismo y de reojo ficha a la gente que pasa alrededor. Lleva una chaqueta oscura, pantalones de oficinista y usa zapatos marrones. Es joven y feo; tiene la tez y la cabeza anaranjadas y el poco pelo que le queda le cae lacio y sin ganas. Tiene el aspecto de una persona despreocupada que un día decide arreglarse. Un aspecto lechoso y grasiento.
De pronto aparece un joven bajito sudamericano y se planta a su lado. Muy bajito. Lleva el pelo cortado a cepillo peinado con gomina. Trae puestos unos auriculares enormes y se los quita nada más llegar. Ambos se saludan incómodos aunque proclives al encuentro. Primero con un buen apretón de manos y acto seguido con un abrazo que queda a medias porque el bajito sudamericano se gira de lado y no es capaz de rodear con sus cortos brazos al joven lechoso, así que cuando se separan se vuelven a dar la mano esta vez por iniciativa del bajito sudamericano. Ambos se preguntan qué tal. Hace mucho tiempo que no se ven.
Luego dice el lechoso: “Qué tal, qué tal, eh… joder. Bueno vamos a tomar algo no? Vamos por allí? Me está llamando mi jefe …”
El bajito no dice nada. Asiente sonriendo y manosea nervioso los auriculares alrededor de su cuello. Intenta ponerse a la altura del lechoso, que es mucho; es un tipo que se sabe hacer respetar. Tan pronto señala algo a lo lejos, al fondo de la calle, se ponen a caminar juntos y se pierden entre la gente que se cruza con ellos.

Estoy sentado en un café. Enfrente tengo unos chicos de 16 años comiendo helado. Primero ella y luego él, despiezan el trozo de hielo mientras se ríen y posiblemente se toquen por debajo de la mesa pero eso ya no puedo verlo. Apenas prestan atención a lo que pasa alrededor. El local no está muy lleno, hay tres o cuatro personas más. La chica tiene un piercing en la nariz y se acaba de manchar de chocolate y él la mima mucho.
De pronto aparece la amiga de J y se sienta justo enfrente de mí. Ahora ya no puedo ver a los chicos que se meten mano y en cambio me cuesta enfocar a esta tía así de pronto. Está haciendo mucho ruido con las bolsas que trae colgando del brazo que apenas consigue colocar por debajo de la mesa. Intenta deshacerse de ellas pero como solo utiliza una mano porque con la otra desata el fular de su cuello, se le quedan enganchadas todo el rato y no es capaz de sacarlas de su muñeca. Mientras hace todo eso restriega su culo contra la banqueta para acomodarse. Huele a perfume y entonces me fijo en su pelo largo, enorme, rizado, un pelo que parece una mascota y que sin duda llama mucho la atención. La miro atónito. Me dice que está muy incómoda con la enorme pierna ortopédica que le han puesto. Se saca un chicle de la boca y lo pega dentro de un trozo de servilleta. Le pregunto si no había nada más moderno que esa prótesis y en vez de responderme me pregunta que tiene de malo esa. Le digo que nada. Y agarro la taza de café pero el dedo apenas me entra en el asa y tengo que agarrarlo temblando como si fuera un tallo de flor y la taza baila camino de mi paladar.
Me dice que tiene cosas que hacer. Mucho trabajo. Acaban de empezar una obra nueva, algo de Strindberg. Algo inédito. Ella hace el papel de hija. Se quita un fular. Se quita la chaqueta. Se quita otra y debajo aparece otra más. Se la quita también y debajo aparece una jersey verde. También se lo quita. Entonces pasa la camarera gordita de rizos a nuestro lado y la detiene de un grito y le dice que le gustaría comer algo. La camarera ha derrapado delante de nosotros. Nos mira con gesto burlón mientras la tía sostiene la carta en la mano y le pregunta por todos los platos que no tienen fotografías. No la mira cuando pregunta y me avergüenza. La camarera tiene la cara enorme y rosada. Su pelo es fascinante, lleno de increíbles rizos platino. Entonces pienso en los dos pelos que tengo delante, dos pelos con enorme personalidad. Dos pelos que ya no son mascotas sino que están a punto de encararse en una pelea de mascarillas y cuidados intensivos. La tía sigue preguntando y la camarera sigue con su breve descripción de cada plato pero se empieza a cansar del juego. Yo la miro y ella me mira a mí mientras J, no para de preguntar. Le lanzo una sonrisa cómplice esperando que entienda que no tengo nada que ver en todo aquello. Me siento imbécil. No sabe que nos conocimos hace un día por medio de una amiga. No sabe que en realidad yo ya me iba y que desde luego no habíamos quedado. Miro al café porque no puedo mirar más abajo.
Por fin pide todo lo que quiere y la camarera lo anota todo en su libreta y se marcha entre las mesas. Apuro mi bebida y le dijo que me tengo que marchar. Así de repente. Ella se levanta de pronto sin creer lo que le digo pero pierde el equilibrio por la pierna ortopédica y se tambalea en el aire unos instantes, los justos para agarrarme del jersey y evitar caerse. Echo un rápido vistazo a sus nudillos huesudos retorcidos entre mi jersey. Miro a los chicos comiendo helado. Los dos se ríen. El local entero se ríe. Con el movimiento descontrolado la tía ha tirado el azucarero de cristal al suelo y ha estallado en mil pedazos desparramando el azucar. El chico y yo nos miramos unos instantes en silencio y rápidamente aparta la mirada y me siento fatal porque me gustaría sentarme con ellos y echarme las mismas risas descuidadas mientras acabo el helado pero estoy inmóvil mirándole con cara de viejo, avergonzado. La oigo disculparse con la camarera mientras me deslizo en silencio hacia la puerta escuchando las risas de los chicos y haciéndolas mías.

Es martes por la noche y voy conduciendo a casa después del trabajo. Y desvarío pensando que si me oprime el denim de mi pernera y en la radio han puesto a Wagner quizás haya más posibilidades de que mis hijos en potencia sean más hitlerianos que otros de su clase. Algo así vengo pensando mientras atravieso la ciudad y veo a la gente volviendo a casa caminando y esperando en paradas de autobús rotas y desiertas. El disco se pone rojo y me detengo en la glorieta de C.C. y pasan los peatones; se cruzan unos con otros y la calle detrás de ellos está vacía y en cuesta y a lo lejos se ven los faros de un autobús doblando una esquina y es muy bonito todo lleno de destellos y luces polvorientas. Y me dan ganas de acelerar pero me espero a que el disco empiece a parpadear en ámbar.
De pronto, una pareja de hienas ocultas saltan desde el lado izquierdo y tengo que pisar el freno. Vienen corriendo y se ríen. Sacan los dientes mientras saltan pisando las franjas blancas, usando en cada zancada una suerte de salvavidas, un salvoconducto estúpido que adolece de toda coordinación motriz. Y lo desparraman ante nuestros ojos indefensos mientras corren, sonrientes, conscientes del peligro, embriagados de emoción, tórridos, enajenados, imbéciles. Hay cuatro filas de coches en los dos sentidos esperando a que ellos corran a despiezar la carnaza.